La Forja, nº 25, Abril de 2002. (Texto completo )
El desarrollo del proletariado como clase revolucionaria necesita la fusión del movimiento obrero con la ideología revolucionaria, el marxismo-leninismo; es decir, la unidad teorético-praxeológica que cristaliza en forma de Partido Comunista. En la actualidad, tal unidad no existe porque se desintegró cuando en nuestro país el Partido Comunista de España (PCE) fue sometido a todo un proceso de liquidación organizativa, ideológica y política por parte del revisionismo, al menos desde los años 50. La Reconstitución del PC en todos sus ámbitos, pues, es la tarea más inmediata que deben acometer los destacamentos de vanguardia del proletariado; reconstitución que no debe ser entendida como recuperación del partido de Frutos y Llamazares, piando oportunista, al servicio de la aristocracia obrera y de la pequeña burguesía, que debe ser destruido por el proletariado, sino como algo de mayor alcance y calado que consiste en recuperar al verdadero PCE sobre la base de aquella unidad entre la práctica política de la lucha de clase del proletariado y la teoría marxista-leninista que le inspire ante los problemas estratégicos y tácticos y que le presente siempre como horizonte y objetivo último el comunismo, como obra suprema de emancipación de la humanidad de todas las lacras de la sociedad de clases. La teoría revolucionaria, el marxismo-leninismo, por su parte, es el fruto de la síntesis científica de las grandes conquistas del pensamiento humano con la experiencia de la lucha de clase del proletariado. De la misma manera, esta síntesis también fue víctima de la labor liquidadora del revisionismo: de hecho, los problemas teóricos y prácticos que plantea su reformulación y actualización son los primeros que los miembros más conscientes de la clase obrera deben abordar, porque sin su solución no podrá culminarse la gran tarea de recuperación del partido de vanguardia necesario para la revolución proletaria. Pero la solución feliz y correcta de esos problemas requiere la implicación de la ciencia y el dominio de amplios campos del conocimiento teórico. En este punto adquiere toda su relevancia el papel que la cultura juega en la lucha por preparar las premisas políticas y organizativas de la revolución y la importancia para la lucha a largo plazo por la emancipación de la existencia de instituciones que permitan el acceso de las masas populares al conocimiento. En este punto, también, comprendemos el verdadero significado de las reformas educativas de la burguesía, que no van dirigidas única y exclusivamente hacia la separación del pueblo de la cultura para ahorrarse recursos en sectores sociales que el capital sólo necesita como máquinas de producir plusvalía sino que también persiguen obstaculizar el cumplimiento de los requisitos teóricos y prácticos necesarios para que el proletariado construya sus instrumentos políticos revolucionarios. Recientemente, en el pasado año 2001, los obreros de Sintel protagonizaron una lucha de gran repercusión pública. La burguesía, a través de sus mass inedia, se hizo eco de esa lucha porque veía en sus métodos algo inocuo, digno de ser ofrecido como ejemplo al resto de los sectores del proletariado inmersos en procesos similares de precarización o de despido laboral. Y es verdad que el modelo de resistencia respetable que este colectivo de trabajadores ofreció durante meses no es, precisamente, lo que mejor podemos destacar a título de lección de la experiencia de Sintel desde el punto de vista general de la lucha de clase del proletariado. Pero algo sí nos ha legado el Campamento de la Esperanza del madrileño Paseo de la Castellana merecedor de ser difundido en el seno de la clase obrera como lección positiva de la que es preciso extraer conclusiones políticas. Y es que el campamento permanente, organizado como una pequeña ciudad en pleno corazón de la capital y erigido con las pétreas manos y las claras mentes de los obreros de Sintel, demuestra que tenemos una clase obrera madura para construir la nueva sociedad, que poseemos un proletariado organizado, disciplinado y lo suficientemente culto como para organizar por sí mismo el edificio social. Esta es la gran lección de la lucha de Sintel, lección a la que, naturalmente, han puesto sordina los plumíferos del capital, pero algo objetivo e irrefutable, presente permanentemente durante meses ante los ojos de quien quisiera verlo. Pero como consecuencia de esta feliz constatación, se impone la pregunta: ¿está la vanguardia del proletariado a la altura de la clase?; ¿reúne las condiciones adecuadas de organización, disciplina y cultura como para ponerse a la cabeza de ese proletariado y dirigirlo correctamente no sólo en la conquista del poder, sino también en la hercúlea obra de construcción de una nueva sociedad si aquél se lo demandase? La respuesta, evidentemente, es negativa. Transformarla en positiva es la tarea más acuciante de los revolucionarios de hoy. Y en relación con esta tarea ha surgido aquí y ahora una batalla crucial de cuyo resultado depende en gran parte que en el futuro nuestra clase obrera pueda dotarse de unos representantes y de unos dirigentes revolucionarios dignos de ella: la batalla por el acceso a la cultura, a la educación superior, de las masas. |