CANTABRIA REPUBLICANA
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La obra literaria de Manuel D. Benavides
«Curas y mendigos»: Epílogo.
Manuel D. Benavides

Las situaciones atroces por las que ha atravesado la política española a partir de octubre de 1934, desembocaron en la legalidad republicana de febrero del 36, cuando los rencores católicos, la soberbia militar, la codicia de los terratenientes y la voluntad de potencia del fascismo ya habían decidido someternos a la prueba del hierro y del fuego. La petulancia democrática aplicó, sin embargo, la venda de los principios eternos a los ojos de los gobernantes. Así se produjo la sorpresa de lo inconcebible, esta pavorosa catástrofe de una guerra fraguada en las cabezas córneas de unos generales zoológicos, sostenidos y alentados por el fascismo paraguayo, la Banca de los piratas prudentes y la Iglesia romana.

Con una alegría candorosa, los gobernantes se lanzaron a reprimir lo que se les antojaba una revuelta, sin prever el alcance del desatino militar que iba a convertir el país en el fusiladero de Europa. Los generales tampoco previeron que el pueblo se defendería contra su agresión; los generales ignoraban que una naturaleza fuerte como la de nuestra estructura geográfica había de inspirarnos sentimientos enérgicos, y con su cobardía inveterada y su estupidez tradicional, para vencer la resistencia del pueblo en armas pusieron precio a España y la entregaron al mejor postor.

Se sumó al crimen Pío XI, a quien no asustaba el riesgo de que, si los generales perdían la guerra, el Padre Eterno tendría que suicidarse en el solar ibérico.

Durante cinco años, los aristócratas, los grandes propietarios, la Cía. de Jesús y los cabildos de las catedrales fomentaron la rebeldía de los tenientes. Durante cinco años, Ángel Herrera y sus aliados pudrieron las raíces de una "República de trabajadores" que se asustaba de los trabajadores. Durante cinco años, la tropa de facinerosos que se asoma a las páginas de este libro, envenenó y corrompió el régimen.

Manuel D. Benavides

Ya estaba bien. Al grito de "¡ Arriba España!", la coalición internacional de los pederastas (Nota 1) al mando del general uraniano Paco Franco, invadió la Península. Moros, alemanes, italianos y los subditos de Oliveira, el portugués, vinieron a nuestras tierras .para aniquilar un pueblo de hombres. Economía e inversión sexual era el lema de los invasores, que lucían sobre el pecho el trapo sucio de un escapulario con la imagen del Sagrado Corazón.

Se desmonetizaron los ricos. Dio Urquijo lo que pudo; lo dieron los duques y el torero el Guerra. Se asaltaron los Bancos de provincias. Las marquesas, reunidas en Burgos, violaban legionarios y regalaban sus alianzas de esponsales.

La casa de banca franco-argentina Bemberg y Cía., de Buenos Aires, financió la guerra con 200 millones. Luis Daniel, el recaudador de la Gran Semana Social, servía de agente de enlace entre la casa Bemberg y los generales y Acción Católica.

Setecientas mil libras del Tesoro del Vaticano fueron depositadas con el mismo objeto en un Banco de Hamburgo.

El financiero Rothschild, el ex regente de la Banca de Francia, Francisco de Wendel, los raposos de las finanzas inglesas, los fabricantes de municiones... toda la patulea inmunda que vive de la muerte, se asociaron a la traición de Franco y al crimen de Europa.

En París, Juan March, y su "factótum", monseñor Palmer, obispo de la Misión católica española en Francia, administraban los caudales de los generales. El último pirata del Mediterráneo se queda con el oro de los facciosos para adquirir divisas del Gobierno de la Re pública, compra éstas a ciento diez, se las vende a los militares a ciento veinte y redondea su fortuna.

He aquí D. Opas, que en Sevilla, Valladolid, Zaragoza, Pamplona.» consagra el pan y el vino y alza el cáliz para bendecir la chusma de la morisma y el ciempiés de la legión.

Franco desembarca en las costas andaluzas sus tropas mercenarias de regulares y legionarios: el arzobispo de Sevilla celebra un Te Deum.

Cabanellas, asesina en Zaragoza cinco mil obreros: el arzobispo saca de paseo la Virgen del Pilar.

Yagüe, dirige las matanzas de Badajoz: el arzobispo de Burgos oficia en la catedral.

Mola, destruye Irún: el obispo de Pamplona preside una procesión.

Pederastía, robos, crímenes y ceremonias religiosas. El mercurio de Almadén, los hierros del Norte, las potasas de Cataluña, Marruecos, las Baleares y Canarias salen a subasta en Roma y Berlín; su precio, un millón de muertos.

Ángel Herrera, tuvo un sueño. El sueño de Ángel Herrera es una broma melancólica. La realidad es la pesadilla de nuestra España que se desangra a chorros perdida en las tinieblas de la noche marroquí que el general Franco y los dictadores fascistas han arrojado sobre ella.

La Europa socialdemócrata y la lechigada hispanoamericana se taponan los oídos para no escuchar el lamento desgarrador de un pueblo que defiende su pan y su vida. Arden museos y bibliotecas, se derrumban escuelas y hospitales, desaparece la obra creadora de uno de los pueblos más grandes de la Historia, y el mundo, encogido y asustado, imita al avestruz.

Solloza León Blum en los brazos de los delegados españoles—. "No duermo cuando me acuerdo de la tragedia de los iruneses"—. El ministro de la Guerra del Gobierno Blum, Daladier, impidió que los iruneses recibieran el material de guerra que podía haberlos salvado. Los socialistas belgas prestan su concurso al presidente del Consejo de Ministros, van Zeeland, que se opone a que nuestros agentes encuentren en la "pobrecita" Bélgica quien nos suministre armas. Los socialistas suecos toleran el boicot de las mercancías destinadas a España. Y los ingleses coaccionan al Presidente de la República fracesa, el triste Lebrun, que amenaza a su gobierno con. la dimisión si el gobierno no acepta los proyectos de Inglaterra de estrangular la España republicana y de entenderse con los generales.

Rusia—¡ madre Rusia!—es el único pueblo europeo que nos tiende una mano amiga. Bajo las banderas de la hoz y del martillo—enseña de la paz y de la libertad, —las legiones de la Brigada Internacional corren a salvar Madrid. De la lechigada hispanoamericana, sólo Méjico siente nuestro dolor.

En todos los tonos, en el tono bronco de la desesperación y en el tono patético de un viejo pueblo que ha parido dos mundos, hemos suplicado a Europa y a la joven América que no nos dejarán morir. Ni Europa ni América han querido oírnos. ¿Qué hacer, españoles?

Enterremos a los generales, a los aristócratas, a los banqueros y a los obispos y escupamos sobre el mapa.

Y una vez muerto el enemigo, emprendamos, españoles, nuestra gigantesca tarea de reconstrucción y de reconciliación nacionales.

FIN

Barcelona, diciembre de 1936.

(1) "Para acabar con el fascismo, hay que exterminar la pederastía", ha dejado escrito Gorki