La influenza porcina: Otro producto de la insaciable sed de ganancias y la barbarie capitalistas. El pasado jueves 23 de abril el gobierno de México hizo pública la existencia de un brote, en la Ciudad de México y su zona metropolitana, de una epidemia provocada, según dijo, por una “nueva” enfermedad, llamada originalmente influenza porcina, la cual tenía como causa el contagio entre personas de un virus nombrado A-H1N1. Este virus produce síntomas parecidos al de otros tipos de influenza, aunque más severos y, sin un pronto tratamiento, la persona afectada puede morir por neumonía en unos cuantos días. El gobierno mexicano inició en ese momento una “campaña sanitaria” para, supuestamente, evitar la extensión de la epidemia, basada en medidas higiénicas básicas y en la progresiva suspensión de actividades públicas (comenzando por las escuelas de todos los niveles y posteriormente cines, actos deportivos, restaurantes, etc.). Sin embargo, en los días siguientes se reportaron cada vez más casos de esta influenza porcina, incluso en otras regiones, hasta abarcar todo el país. Según las estadísticas oficiales, en la primera semana se habían reportado ya más de 2,000, y más de 150 muertos. Posteriormente, con el pretexto de que se estaban haciendo pruebas de laboratorios más confiables, el conteo fue reiniciado y volvió a comenzar a partir de unos 100 casos y unas 10 muertes “confirmadas”; tomando en cuenta, además, que la epidemia debe haber comenzado antes de la declaración oficial (lo que se prueba por los reportes, desde meses, antes de “neumonías atípicas”), es evidente que el gobierno trata de subestimar el daño real causado sobre la población por la epidemia. Esta manipulación estadística contrasta, sin embargo, con la aplicación de medidas cada vez más restrictivas para el movimiento de la población (como la extensión de la suspensión de escuelas en todo el país, y el cierre de diversas oficinas gubernamentales) y el aviso del gobierno de que está adquiriendo laboratorios adecuados, más medicamentos antivirales, aparatos detectores de temperatura para los aeropuertos, todo lo cual indica la extensión de la epidemia, sin contar que incluso el gobierno reconoce que los decesos continúan, aunque la información estadística oficial se vuelve, a propósito, cada vez más confusa. En el plano internacional, se vive también una situación de dispersión de la “nueva” enfermedad. En una semana, en los Estados Unidos, de unos cuantos casos aislados se ha pasado a un ciento de casos confirmados, con algunos focos agudos como California y Nueva York. Asimismo, cada vez más países están reportando la aparición de casos tales como España, Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Israel... Muchos países han empezado a tomar medidas de todo tipo para “evitar la entrada” del virus -desde la suspensión de vuelos a México, controles sanitarios especiales a viajeros provenientes de México y Estados Unidos, recomendaciones de no viajar a México, hasta el sacrificio de cerdos. Todo esto ha llevado a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a elevar -en una semana- su nivel de “alerta de pandemia” de 3 a 5 (en una escala de 6); así que que dicho organismo está a punto de decretar “oficialmente” la existencia de una pandemia, esto es, la diseminación de la enfermedad a escala mundial. La instauración de un “semiestado” de excepción en México
Un primer aspecto importante que debemos denunciar, sobre la situación que se vive particularmente en México ante la actual epidemia, es el de la intensificación por parte del Estado capitalista, de sus mecanismos de control político-ideológico de corte totalitario. Esta situación comienza con la declaración de “emergencia sanitaria”, hecha de manera sorpresiva, a las 11 de la noche, y que provocó al día siguiente una enorme confusión, temor y paralización entre la población trabajadora. El primer paso del gobierno fue, pues, anticipar y evitar cualquier tipo de acción o intento de organización más o menos espontánea de los trabajadores para enfrentar la emergencia (a través de reuniones de padres en las escuelas, iniciativas provenientes de los estudiantes universitarios o de organizaciones “civiles”, o incluso de las instituciones o escuelas de medicina, como ocurrió, por ejemplo, en el terremoto de 1985). La propaganda oficial no solamente enfatiza la necesidad de de no viajar, de evitar el saludo de mano, de mantenerse con tapabocas y, sobre todo, la reclusión en las casas, -todo lo cual ha creado un ambiente de desconfianza mutua entre los trabajadores-, sino que además el gobierno ha aprovechado la situación para sacar nuevamente al ejército y la marina (¡sic!) a la calle con el pretexto de “repartir tapabocas”. Sin mencionar que muchas empresas han aprovechado la situación para descontar parcial o totalmente el salario, o dar vacaciones forzadas, a los trabajadores obligados a suspender su labor. Junto a la suspensión de actividades públicas, se ha decretado también la suspensión de cualquier acto político, incluso la manifestación del 1° de mayo. De esta manera, la situación ha servido al Estado para llevar a cabo un ensayo de instauración de un “semiestado” de excepción, -algo con lo cual el actual presidente del país sueña desde que asumió el cargo- durante el cual, a la vez que los medios de difusión propagan el temor y la desconfianza entre la población trabajadora, el Estado aparece como el único organismo capaz de dar cohesión a la sociedad, como el único recurso existente detrás del cual deben alinearse los trabajadores para intentar solucionar sus problemas. Aunado a lo anterior destaca el control por el Estado tanto de la información sobre la situación, como de los medios de difusión, especialmente de la televisión, en la que la propaganda gubernamental se ha vuelto permanente, mediante noticieros, programas especiales, cortes informativos, conferencias de prensa; y en la que las voces de protesta son ahogadas en la burla y la censura oficiales. Esta situación ha sido acompañada de una incisiva y creciente campaña ideológica orquestada no sólo por el gobierno de México, sino por los gobiernos de todo el mundo, junto con la OMS, la cual persigue dos objetivos relacionados: El primero, es convencer a los trabajadores de que “su gobierno” -el Estado capitalista- hace todo lo posible por el bienestar de la población y se preocupa prioritariamente por la salud de los trabajadores, sin importar su estrato social. De lo que se trata, ante todo, es de que no aparezca a la luz del día el hecho de que la función del Estado actual -de todos los gobiernos- no es garantizar el “bienestar de la población”, sino el mantenimiento de las condiciones de explotación de los trabajadores asalariados, y como consecuencia, que los “sistemas de salud” no tienen como principio de funcionamiento la cacareada “prioridad de la salud de los trabajadores”, sino el del llamado “costo-beneficio”, por el cual es el frío cálculo monetario de pérdidas y ganancias el que determina el mantenimiento de una cantidad de fuerza de trabajo, de acuerdo a los requerimientos de la producción capitalista, y por tanto una determinada “inversión” en salubridad, la cual, por cierto tiende a disminuir drásticamente precisamente en épocas de crisis. De allí que en el capitalismo no exista una verdadera “prevención” o “preparación” para atender a los trabajadores en casos de desastres o epidemias; mucho menos en los países de la “periferia”; mucho menos en la actual época de crisis económica en que vivimos. El segundo objetivo de esta campaña, es convencer a los trabajadores de que la actual influenza porcina (al igual que otras epidemias semejantes, surgidas en las décadas más recientes, como el SARS o la gripe aviar) son meros productos casuales de la naturaleza, y por tanto imposibles de prever y evitar, por lo cual solamente se pueden tratar una vez que han surgido. Con esto, de lo que se trata es de ocultar el verdadero origen de estas nuevas enfermedades: el sistema de producción capitalista mismo, el cual tiene como objetivo fundamental la creación y acumulación de ganancias para un reducido número de capitalistas, y no la satisfacción de las necesidades de toda la comunidad de trabajadores. Este objetivo conlleva de forma inherente la existencia de condiciones de producción tales que no toman en cuenta los riesgos para los trabajadores, ni la destrucción o contaminación de los recursos naturales y -sobre todo en las últimas décadas, en el frenesí de la utilización de tecnologías “modernas” para reducir costos y elevar las ganancias- que no toman en cuenta las posibles alteraciones de las condiciones naturales provocadas por los procesos industriales, los cuales tarde o temprano dan lugar inevitablemente a monstruosas creaciones, tales como los nuevos virus “recombinados” que amenazan cada vez más la vida de millones de seres humanos. Lo anterior, sin contar que en muchos países la burguesía ha aprovechado la situación para fomentar aún más el odio nacionalista y la xenofobia, es decir el miedo y el rechazo a los “extranjeros”, como forma de mantener las divisiones entre trabajadores de diferentes países (para lo cual la burguesía ha echado mano hasta del fútbol). A través de esta campaña ideológica la clase capitalista busca, en fin, asegurar que los trabajadores no vean otra salida a su cada vez peor situación de vida (pérdida de trabajo, vivienda, salud...) que seguirse sacrificando pasivamente en el altar del capitalismo; y sobre todo, cada gobierno buscar evitar que la situación cada vez más dramática en que se debaten los trabajadores -por la crisis económica y todos los desastres que le acompañan- se transforme en rebelión, protestas y lucha de clase. La producción capitalista: origen de los nuevos virus y epidemias
En este marco, desde el interior del país, se vuelve cada día más difícil conocer la situación real de la epidemia. Así, por un lado la propaganda oficial insiste en que el sistema de salud “es suficiente”, “está preparado” y ha funcionado adecuadamente para enfrentar la epidemia. Sin embargo por todas partes “saltan” datos en sentido contrario: Quejas de pacientes por el retardo y deficiencia en la atención y el diagnóstico, lo que se nota por la cantidad de muertes acumuladas. Quejas crecientes de los trabajadores del sector salud (médicos, enfermeras y demás personal) por tener que recibir pacientes contagiados sin contar con equipo, protección ni instalaciones suficientes ni adecuadas, lo que se confirma por la información que circula en los hospitales acerca de los casos de personal médico contagiado, ante lo cual el gobierno conmina a estos trabajadores a seguir cumpliendo “su obligación” y “su misión de sacrificio”. Descubrimiento, al paso de los días, de que no existía en el país ni un sólo laboratorio para determinar el nuevo tipo de virus (el gobierno mexicano tuvo que ser informado de los primeros casos por Canadá y Estados Unidos). Datos cada vez mayores de que la epidemia había comenzado semanas o incluso meses antes de la declaración oficial. Evidencia de que las medidas de aislamiento de la población han rebasado ya el objetivo de evitar la propagación de la epidemia por todo el país, y de que el Estado, luego de la actual fase de “mitigación”, se prepara para hacer volver a la población a una situación “normal” dentro de unos pocos días. La creciente manipulación de las estadísticas, las recientes declaraciones de los altos funcionarios del gobierno en el sentido de que “tendremos que aprender a vivir con esta enfermedad”, e incluso el cambio de nombre de la epidemia (de “influenza porcina” a “influenza humana”) apuntan a que el Estado burgués decretará una “vuelta a la normalidad” aún enmedio de la epidemia.... Texto completo: http://www.bulletincommuniste.org/espanol/volantes/esp_0904epidemia.html |