La huelga de la Construcción de 1970 en Granada.
[1] El imperio de los empresarios
Abiertamente alzamos la palabra
desde la tierra dura y las raíces.
De cada golpe duro recibido
os damos testimonio abiertamente.
Los sucesos que vamos a contar acerca de la lucha que tuvo lugar en la ciudad de Granada en el año 1970, durante la negociación de un nuevo convenio del ramo de la construcción, vinieron provocados por un antiguo malestar entre el pueblo trabajador granadino. Aquel trágico episodio de la lucha de clases, tuvo lugar en una ciudad que no había conocido una movilización de semejantes dimensiones en los treinta años anteriores. Las razones de esta parálisis son varias y en gran medida pueden remontarse a la gran derrota de 1936. Granada sufrió una brutal represión desde los comienzos de la guerra como consecuencia de la sublevación militar que se hizo con el control de la capital. La patronal, con el apoyo decidido de militares, guardias civiles y pistoleros falangistas, hizo pagar cara la fuerte conflictividad social que había caracterizado a la ciudad y a la provincia durante la primera mitad de la década de los treinta. Objetivo fundamental de esta represión fue el aniquilamiento total de todo el entramado organizativo de los trabajadores que tanto esfuerzo había costado levantar durante los años anteriores. Derrotados, sometidos al terror impuesto por los vencedores y devorados por el luto de sus familiares y compañeros asesinados, en las décadas posteriores a la guerra la clase obrera granadina apenas tuvo fuerzas o capacidad de respuesta. Vivió así una larga noche de miseria, explotación extrema y humillación. De hecho, en 1947, si bien el coste de la vida se había multiplicado, los empresarios granadinos todavía seguían pagando los mismos jornales de antes de la guerra
En una ciudad así, los obreros de la construcción constituían el sector mayoritario de la población trabajadora. Se trataba fundamentalmente de gentes recién llegadas del campo. Personas que habían sufrido una gran transformación de sus condiciones de vida. Desarraigados de la vida rural, experimentaron el tránsito hacia una forma de vida más mercantilizada, más dependiente del salario. Pero los salarios de los albañiles apenas daban margen, y mucho menos permitían buscar consuelo en los incipientes hábitos del consumo de masas que se habían ido extendiendo en otras zonas del Estado. Amparados por la abundante mano de obra y la legislación favorable, los empresarios del sector exprimían al máximo a la clase obrera local, repartiendo unos salarios de hambre. De hecho, las lamentables condiciones de trabajo en el sector de la construcción de Granada pueden resumirse así: los obreros peones cobraban unas 1.200 pesetas semanales, en las que estaban incluidas las pagas, los permisos y el plus familiar. Las jornadas eran de 10 horas y se trabajaba seis días a la semana, y además estaban generalizados el sistema de destajos2 y las horas extra, lo que provocaba un alto nivel de paro. Los contratos eran generalmente de 4 ó 6 meses, previo periodo de prueba de 15 días. Así era habitual que los obreros pasasen de una empresa a otra de forma recurrente, además de que fuesen frecuentes los periodos de inactividad. Cada cierto tiempo los trabajadores eran despedidos o trasladados de empresa, se evitaba de este modo que llegasen a formar parte de la plantilla, manteniendo un permanente estatuto de eventuales. El fraude a la Seguridad Social era práctica frecuente por parte de la patronal, además de que muchas de las empresas que hacían contrato no diesen de alta a los trabajadores.
En la hoja de salario casi nunca se reflejaba el salario real, e incluso algunas empresas obligaban a los obreros a firmar un recibo en el que constaba que debían dinero a la empresa. Gracias a estos procedimientos las empresas resultaban invulnerables frente a las reclamaciones ante Magistratura. Los índices de siniestralidad laboral eran altísimos, debido en gran medida a la presión bajo la que se trabajaba. Por otra parte, para mantener la paz en los tajos, eran frecuentes los malos tratos y las vejaciones cotidianas por parte de los encargados:
A las 8 comenzábamos a trabajar. Como peón de encofrado desarrollaba mi trabajo a la intemperie. Recuerdo que en el invierno de 1969 trabajábamos en el barrio de la Plaza de Toros. Comenzó a nevar. El empresario se situó en medio de la planta superior del bloque, aún sin cubrir, donde trabajábamos encofradores y ferrallistas, embutido en su abrigo, sus guantes de piel, su bufanda, su sombrero y su paraguas. Nos miraba retándonos, a ver quien era el valiente de protegerse de la nieve o de la lluvia en la planta inferior o en exigir un impermeable a la empresa, ambas posibilidades estaban recogidas en el convenio de la construcción. Ninguno nos atrevimos a hacerlo.
Los despidos o la no renovación de contrato a quienes protestaban, unidos al miedo impuesto por el Estado franquista, hacían el resto....
[2] Prepararse para luchar
Es esta nuestra voz y nuestra lucha,
nuestra sangre vertida, inevitable
como el sudor amargo de las horas
trabajadas sin fin y sin principio.
En estas condiciones organizarse resultaba una tarea complicada. La estructura empresarial era minifundista y la ciudad apenas contaba con empresas que tuvieran más de cinco empleados. A finales de los años sesenta, las organizaciones militantes que tenían presencia efectiva en Granada eran el Partido Comunista de España junto a Comisiones Obreras y un equipo muy activo de la Hermandad Obrera de Acción Católica. Sus respectivos estilos de militancia eran muy distintos. Los comunistas se habían ido consolidando desde comienzos de los años sesenta en algunas zonas de la capital y de los pueblos cercanos. Las CCOO habían aparecido en Granada en 1965, pero a diferencia de otras zonas del Estado éstas no surgieron a partir de procesos asamblearios amplios, sino de la decisión política del PCE de constituirlas como movimiento socio-político que actuara según las consignas del Partido.
Aprovechando un contexto de aparente liberalización de la Dictadura y con el fin de poder desarrollar prácticas reformistas, los comunistas consiguieron introducirse en el Sindicato Vertical. En las elecciones sindicales de 1966 llegaron así a copar la sección de albañilería del Sindicato de la Construcción. Por su parte los militantes de la HOAC realizaban un intenso trabajo de base en el desaparecido barrio de La Virgencica. Este barrio estaba formado por un conjunto de albergues adosados prefabricados, de un tamaño minúsculo. Fue construido en la zona norte de la ciudad con el fin de acoger a la población de los antiguos barrios populares, como el Albaicín y las cuevas del Sacromonte afectados por las inundaciones del otoño-invierno de 1962-1963. La Virgencica era un barrio de población fundamentalmente obrera, donde la mayoría de los varones trabajaba en la construcción y las mujeres en el servicio doméstico. Algunos de sus habitantes eran militantes comunistas o cristianos y convivían con muchas personas que, sin militar en ninguna organización, tenían un elevado sentido de su dignidad. A pesar del supuesto carácter provisional de los alojamientos, la estancia en esta barriada improvisada se fue prologando en medio de unas condiciones de vida paupérrimas: las viviendas resultaban espantosamente calurosas en verano y muy frías en invierno, debido a su estructura de placas de cemento de sólo diez centímetros de grosor. A esto se añadían graves carencias en la gran mayoría de los servicios básicos, como asfaltado, iluminación, transporte, escuelas, recogida de basuras, etc.
Estas circunstancias propiciaron que en 1967 y por iniciativa de un grupo de militantes de la HOAC procedentes de Bilbao e instalados en el barrio, se consiguiera legalizar una Asociación de Vecinos, una de las primeras de todo el Estado. El local de la asociación era la parroquia, desde la cual se planificaban multitud de acciones en asambleas semanales con el fin de conseguir mejoras para el barrio y en las cuales las mujeres tenían un papel destacado. A diferencia de la gente del PCE, los militantes de la HOAC estaban más interesados en impulsar procesos de autoorganización. A través de la asociación priorizaban la formación y la toma de conciencia de las personas con el fin de que lucharan por sus derechos, no sólo en el barrio sino también en sus lugares de trabajo, animándolas y proporcionándoles herramientas para que pudieran desarrollar formas de organización, siempre según el principio de que debían ser ellas mismas las protagonistas de su liberación. En la asociación se iban dando ideas de la injusticia que existe, el porqué existe, los mecanismos que existen. Y como el mundo obrero no puede salir de esa situación como no sea uniéndose, formándose y preparándose para luchar contra esta situación y tratar de que las cosas cambien.
En los años finales de la década de los sesenta fueron estableciéndose contactos entre los militantes varones de ambas organizaciones y personas independientes, todos ellos trabajadores de la construcción, que confluían en las obras procedentes de casi todos los barrios de la ciudad, además de los pueblos cercanos. En los tajos, la hora del bocadillo resultaba fundamental para el conocimiento mutuo y para generar las primeras inquietudes políticas. Entre quejas y chistes, se leían periódicos en voz alta y se charlaba recordando todo lo que se había luchado en el pasado y todo lo que quedaba por hacer: Los centros de trabajo eran verdaderas escuelas, donde los jóvenes aprendíamos el sentido de la vida y las razones para luchar por una vida distinta. En las horas del bocadillo, a las diez de la mañana, y de la comida del mediodía, todos los trabajadores se reunían alrededor de un fuego, si era invierno, o alrededor de un botijo de agua, si era verano. En esas mini asambleas se podía hablar de todo, y casi en total libertad, siendo así como muchos de los que ahora tenemos más de cincuenta años forjamos nuestro espíritu de rebeldía.9 Este clima de crecimiento colectivo y de expansión de la conciencia de eplotación, ayudó a que los militantes pudieran impulsar de forma muy participativa la elaboración de un anteproyecto del convenio provincial de la construcción.
En la medida en que las autoridades franquistas consideraban Granada como una provincia «tranquila», los albañiles contaron con un margen de maniobra bastante amplio, utilizando muchos de los instrumentos legales que la fachada aperturista del régimen ponía a disposición de los representantes obreros de aquellos años. Esto se expresó fundamentalmente en dos aspectos: la elaboración de una encuesta entre los trabajadores con el fin de que ellos mismos pudiesen definir sus demandas concretas y de desarrollar asambleas con carácter informativo en el local del Sindicato. De este modo, algunos miembros de la parte social,10 antes de comenzar las negociaciones del convenio, imprimieron un cuestionario-encuesta con preguntas relativas a los salarios, la duración de la jornada laboral, las horas extra, los destajos, los despidos, las nóminas, las plantillas, etc. Se imprimieron unos 400 ejemplares, que fueron repartidos a través del propio Sindicato entre trabajadores de distintas empresas y que sirvieron de base para la discusión de las mejoras laborales. Pasado un tiempo, muchos de los que habían recibido la encuesta comenzaron a reunirse en los locales de la asociación de vecinos de La Virgencica y en otros puntos de la ciudad con el propósito de elaborar el anteproyecto del convenio. Por estas asambleas pasaron entre 100 y 200 personas. Las demandas fundamentales, recogidas en el anteproyecto, fueron: la reducción de las diferencias salariales entre las diversas categorías, un salario para el peón de 240 pesetas por 8 horas a rendimiento normal, la eliminación de las horas extraordinarias y los destajos que embrutecían al trabajador y aumentaban el paro, así como reducir al mínimo posible la eventualidad y los despidos.
Los trabajos de comunicación entre los albañiles granadinos acerca de la marcha del convenio, realizados tanto por parte de los militantes de las organizaciones como por personas independientes que fueron sumándose al proceso, prepararon el terreno para que la asistencia a las asambleas informativas se convirtieran en un acontecimiento masivo. Se pretendía, y se insistió en ello desde el principio, que lo acordado con la patronal no tuviera validez hasta que la asamblea lo diera por bueno. Por otra parte, el objetivo de los militantes que planificaron la elaboración del convenio de 1970 no era conseguir un acuerdo definitivo, sino más bien instalar una dinámica en la cual se pudiera negociar un nuevo convenio cada año, de tal forma que sirviera de base para aumentar el grado de conciencia y organización de la clase obrera en Granada. En la medida en que pudieron desarrollarse reuniones y asambleas masivas con relativa normalidad, las expectativas y la presión para sacar adelante el convenio fueron tomando cuerpo.
Efectivamente las reuniones de los trabajadores, la posibilidad de contrastar opiniones y tomar conciencia de la fuerza de su número y gozar juntos del sentimiento, hasta entonces desconocido, de estar todos unidos en una lucha concreta con el propósito de acabar con tanta injusticia, constituían la mejor arma para afrontar el conflicto. [Continuará] |