CANTABRIA REPUBLICANA
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¿Quiénes son los torturadores? Hasta el siglo XX el verdugo, el torturador, actuaba con la cara tapada. Hacía una ''trabajo" de encargo del poder que se sentía amenazado. Pero desde el holocausto judío fue imposible cubrir la cara de todo un pueblo y, hoy, holocausto tras holocausto, en un mundo terrible y cínico, segun sea el demonio expiatorio que hace falta torturar o asesinar, el torturador puede ser mitificado y transformado en paladín de nuestro bienestar. Quien ordena la tortura, pese a que actúe en un frío cálculo, se estimula, a menudo, con fantasías de omnipotencia destructora emocionales y regresivas. Del mismo modo, quien obedece la orden de torturar, actúa motivado por la identificación con la cabeza o por la obediencia ciega, propia de la dependencia infantil. Mitscherlich se ocupa de puntualizar este dato: "Los verdugos no son otros, no son una raza extraña. Más o menos, todos estamos dispuestos a torturar nuestros parecidos.'' El placer de humillar y destruir el enemigo es universal; se extiende en cualquier parte del mundo. Como el tierno abuelo de La caja de música, el torturador es, en su vida "normal", una persona capaz de tener los sentimientos sociales y morales elementales. El problema nace cuando la tortura se institucionaliza, como es el caso del Estado español. Los principios siempre acostumbran a estar poco vinculados a los gobiernos parlamentarios. La historia demuestra que, estadísticamente, un duro sistema policial represivo puede establecerse en un sistema democrático como si fuera un tumor, funcionando de una forma algo autónoma (este sería el caso de los GAL, por ejemplo). Pero cualquier institución de estructura policial, militar o jurídica puede sorprender un estado democrático mediante la adopción de métodos terroristas que pueden llegar a intimidar los mismos estadistas que permitieron la creación. Este es un riesgo que corren todos los estados modernos: si la policía y el ejército existen por controlar la violencia, el problema estriba como señala Finer, en resolver quién debe controlar estas instituciones especializadas. Así es como nace un difícil equilibrio de poderes que no siempre se puede mantener perpetuamente. El caso del Estado español es uno de los más emblemáticos: cuando el 20 de noviembre del 1975 moría el dictador Francisco Franco, la oposición antifranquista y la sociedad en general esperaban vivir grandes cambios. Muchos querían una ruptura, pero enseguida se vió que la muerte natural del Caudillo no estaba directamente relacionada con la ruptura de la estructura dictatorial impuesta durante cuarenta años. Aquella muerte sólo debilitó la cúpula dirigente. Y nada más. El ejemplo más claro de este continuismo, denominado oficialmente transición, es, junto con el regreso de la monarquía borbonica al frente de la estructura del Estado -una monarquía expulsada democráticamente antes de la guerra del 1936-, la reconversión de la desgraciadamente popular Brigada Político-Social.
Como su nombre indica, esta brigada era la encargada de reprimir los disidentes políticos o sociales, o sea, todos aquellos que manifestaran una actitud contraria al régimen. En tiempo de dictadura, esta policía tenía las manos totalmente libres por tratar los detenidos a su conveniencia. Sólo hace falta recordar los apodos de algunos de los policías más prolíficos de la BPS: el superagente Roberto Conesa Escudero o el inspector Billy el Niño, sobrenombre de Juan Antonio González Pacheco, por poner algunos ejemplos. Conesa -policía desde 1939- era la mano derecha del comisario principal de la BPS, Saturnino Yagüe ya en 1960, y al llegar la Restauración monárquica fue enviado como jefe superior de Policía a València. Es decir, que se le reconocieron los méritos (son numerosos los testigos de sindicalistas y comunistas torturados por Conesa entre los años cuarenta y sesenta). González Pacheco fue uno de los máximos colaboradores de Conesa en la BPS, de primero, y en la Brigada de Información, más tarde. Su brillante carrera antiterrorista se vio manchada cuando se lo relacionó con la matanza de Atocha (atentado contra un bufete de abogados laboralistas que causó mucha conmoción durante la Transición). Ellos, junto con los comisarios Antonio Creix, Federico Quintero Morente -cabeza superior de Policía en Madrid-, Anechina, Sainz, Maestro y Polo, entre otros, fueron los principales educadores de la siguiente generación de policías que protagonizarían directamente la transición: Juan Antonio González Pacheco, Manuel Ballesteros, Martínez Torres, Solsona, Garrido, Escudero, Álvarez Sánchez, Lesmes y Sandoval, entre otros. Es también muy relevante el caso del policía Manuel Garcia (A12GO-6553), único policía de aquella primera generación todavía en activo, que posee Cruz de Oro policial, director del Gabinete de Información y Operaciones Especiales de la Secretaría de Estado para la Seguridad. Todos estos nombres estuvieron vinculados a las altas esferas del Ministerio de Interior. Manuel Ballesteros -sucesor de Conesa en la dirección de la Comisaría General de Información-, procesado por torturas y acusado de ser uno de los dirigentes del GAL, recibió de los socialistas la dirección de la Jefatura de Operaciones Especiales. Ballesteros sucedió Conesa el 1981 después de que el superagente lo pactara con el entonces ministro de Interior, el general Ibáñez Freire. Ballesteros, sin embargo tuvo que dimitir tras la muerte en comisaría de Arregi, un caso que llevó a la prisión a cinco policías que estaban a sus órdenes. Aún así, se le encomendó el Mando Unificado de la Lucha Antiterrorista (MULC), el mismo 1981. Jesús Martínez Torres -alumno adelantado de Raimundo Maestro Rebaque (A12GO-4890), policía desde 1945- fue cabeza de los grupos de la BPS encargados de reprimir el PSUC en Barcelona, fue nombrado por el PSOE comisario general de Información. Martínez Torres fue inculpado en el caso GALO como superior jerárquico de los policías Amedo y Domínguez. Otro policía de la BPS que hizo carrera con el PSOE fue Antonio Garrido Fernández, cabeza superior de policía de Madrid hasta el 1992. Curiosamente, durante los años setenta trabajó de infiltrado dentro la UGT, el PCE y en el mismo PSOE. Un auténtico camaleón. José María Escudero Tejada, nacido en 1945, también se destacó por la persecución política de los comunistas y, durante la Transición, de los anarquistas. Cuando Conesa se jubiló, Escudero pasó a dirigir el Grupo Policial del Banco de España y posteriormente fue trasladado como comisario en Barcelona. Y así podríamos seguir la trayectoria de centenares de policías, guardias civiles y funcionarios de Interior -desde las diversas cúpulas hasta los confidentes-, que no tan sólo no fueron destituidos con la llegada de la monarquía sino que recibieron cargos directivos. Queda claro, pues, que los métodos de obtener información o castigar no sólo no han sido variados desde los años cuarenta, sino que se han legitimado. De la Brigada Político-Social se pasó al Mando Unificado de la Lucha Contraterrorista (MULC), a la Jefatura de Operaciones Especiales, al CESID, a la Dirección general de Seguridad del Estado... Del Batallón Vasco-Español se pasó al GALO, del Batallón Catalano-Español se pasó a la Milicia Catalana... Todo cambió, sí, pero sólo formalmente. Las estructuras y, sobre todo, los objetivos y los métodos, son los mismos hoy que hace cincuenta años. |